Un paseo por Europa


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30 de noviembre de 2009

Los bosques de Montenegro



18 de septiembre, Junto al río Moraca


Entramos en Montenegro, ha sido una preciosa sorpresa desde el principio, no esperábamos un paisaje tan bello. Por la noche llueve a mares, vemos Corazones rebeldes, un documental sobre un coro formado por personas entre los setenta y los noventa y tantos años, una película conmovedora que nos acerca a la posibilidad de una vejez rica, viva e interesante y a una conciliación con la muerte como un hecho ligado llanamente a la vida.


El amanecer es espléndido.








Hoy, el cañón del Tara, profundo profundo, hermosísimo, en el Parque Nacional Durmitor; ya en la zona del lago Negro, caminos señalizados, bien conservado y protegido pero sin ningún problema burocrático para pasear por él … una experiencia fantástica e inesperada. Dormiremos cerca del espectacular cañón de Moraca. ¡Qué país este, no tiene un centímetro que no sea hermoso!











28 de noviembre de 2009

De Serbia a Montenegro


17 de septiembre, primer día en Montenegro


Poco que contar de Serbia. Bela Crkva, es la ciudad de la abuela Anka que nos encontramos nada más entrar. Nada que reseñar. Los serbios son más secos, más adustos. Vamos a Belgrado con una cierta ilusión, ya estuvimos aquí cuando Guillermo tenía un año, pero no sé si porque nos pilla algo cansados o porque el ambiente es diferente, los serbios, aunque correctos tienen un carácter más seco, más adusto, el caso es que en estos primeros días Serbia nos decepciona un poco. En Belgrado nos encontramos con una dificultad enorme para aparcar, sólo queríamos dar una vuelta y cometimos el error de acercarnos demasiado al centro; esperábamos encontrar un aparcamiento de pago pero fue imposible; al final dejamos el coche en un lugar en el que el tiempo máximo era de tres horas, así que visita rápida. Un paseo por el parque de Kalemekdam, con la fortaleza como lugar más significativo, el lugar donde se unen los ríos Sava y Danubio y por la calle Knez Mihailova, donde alternan los edificios históricos con las tiendas y los cafés, el ambiente es agradable, el propio de las calles peatonales de las grandes ciudades. No es una ciudad que me enganche a primera vista, supongo que sería diferente pasando unos días en ella.



Por primera vez en nuestro viaje, la suerte que hemos tenido para encontrar sitios solitarios y bonitos para dormir nos abandona; es casi de noche y nos aventuramos por una camino que parece finalizar algo más lejos de las poblaciones, pasamos casas y más casas (esto está pobladísimo) y nos quedamos en un rinconcito detrás de un maizal (¡cuántas noches hemos pasado junto a maizales!), en la oscuridad se oyen las voces de los habitantes de la casa más cercana al otro lado de una fila de arbustos y árboles.



Al día siguiente: sorpresa. El paisaje cambia y de los maizales eternos pasamos a una zona preciosa de colinas, valles, tonalidades que indican la llegada del otoño; la belleza del paisaje aumenta a medida que nos acercamos a Montenegro. Dormimos en un sitio precioso junto a un río, allí me sobrecoge la lectura del capítulo de Un puente sobre el Drina en el que se narra la tortura, el empalamiento y la muerte de un personaje, Radislav, de una manera sobrecogedora, escalofriante, me cuesta reponerme y seguir.



27 de noviembre de 2009

De Brasov a Serbia



Junto a la frontera con Serbia, 14 de septiembre



Brasov, junto a Transilvania, es una preciosa y agradable ciudad; al pasear por sus calles la mirada pasa continuamente de fachada en fachada, sin que ninguna desmerezca de las otras. En la plaza principal, donde está la Torre del Reloj coincidimos con la celebración de dos bodas, es curioso, interesante y divertido fotografiar sin ser vista momentos en los que los novios o los invitados aparecen ausentes, fuera del protocolo, lo mismo me sucede cada vez más con las personas que circulan por las ciudades; a veces aparece un rostro, un ademán que merece la pena ser rescatado de entre la gente.





















Sighisoara: hermosísima ciudad. La Torre del Reloj, del siglo XIV tiene en su interior un museo pequeño, variado e interesante; en el piso superior se muestran las figuras que representan los días de la semana y que se van turnando para salir cada noche al exterior. Las calles empedradas ayudan a mantener el ambiente histórico de la ciudad.

Subimos a la parte más alta por una escalera cubierta del siglo XVI, de madera; arriba, además de la iglesia que se erige sobre la ciudad, está el cementerio por el que me doy un paseo en solitario entre lápidas, las más antiguas son del siglo XVI; me gusta visitar los cementerios, pero éste es especialmente atractivo por la mezcla que tiene de parque tranquilo y agradable y las lápidas antiguas que le dotan de un apariencia de museo y, al mismo tiempo, de escenario propio de una película de terror. Supongo que éste es el cementerio en el que está enterrado Octavian, el enamorado de la abuela Anka, entrañable personaje del libro de Magris, El Danubio.





Dormimos junto a unos maizales vallados, un perrito ladra, más tarde viene el dueño, invita a que entremos y nos cuenta sobre la vida diaria: 200 euros al mes en una fábrica, carestía del gasóleo para poder regar el maíz y la huerta que está malográndose. Decidimos saltarnos Sibiu a pesar de que parece ser una ciudad interesante y dar un estirón hasta Servia. Pasamos por Hunedoara, con un castillo que no vemos y fábricas imposibles de no ver, leo que esta ciudad está en el punto de mira de Greenpace por el desastre ambiental que producen tantas fábricas; la mayoría son herencia del gobierno de Ceaucescu, que, según las malas lenguas, quería, en una infantil lucha contra la historia húngara de esta ciudad, darla a conocer más por el desarrollo industrial que por la existencia de su histórico castillo.








22 de noviembre de 2009

Alpes de Transilvania



Busteni, 10 de septiembre



Hermoso paseo de dos días por las montañas de Bucegi. Caminos señalizados, refugios situados estratégicamente… da gusto, y es una zona mucho más bonita y variada de lo que esperábamos. Dormimos en la cabaña (refugio) Malaesti y subimos hasta el pie del monte Omul, de ahí a la cabaña Babele cerca de la cual pensamos utilizar el funicular para ir a Sinaia, pero no funciona y lo sustituimos por cuatro horas de bajada recorriendo un camino hecho a conciencia, precioso, a veces brusco y otras como una senda de cuento de hadas, hayedos y alerces que recuerdan, junto al suelo alfombrado con las primeras hojas del otoño, a Gedrez.

Es una pena no conseguir un equilibrio entre la linda vida cotidiana que se puede disfrutar en estos países del este de Europa y el desarrollo económico que necesitan. Aquí se puede acampar en las cercanías de las montañas, se pueden utilizar los prados a gusto del ciudadano, todo es más fácil y menos esterilizado, controlado y cuidado que en occidente. Me gusta Rumanía, me siento muy a gusto en este país, es bonito, tranquilo, amigable.




Termino El mito de la cruzada de Franco, de Herbert Southworth. Este libro es un estudio histórico que desautoriza buena parte de las publicaciones de la época de Franco que defendían el significado del alzamiento militar y la guerra civil como el de una cruzada de liberación. Hay una abundantísima bibliografía analizada por el autor, obras de diversas nacionalidades, tanto procedente de escritores franquistas o cercanos al franquismo como próximas a la República, principalmente los escritos de Calvo Serer. El caso es que teniendo presente, una vez más, la feroz manipulación de la Historia durante los años de gobierno franquista, la información tergiversada y prácticamente sin posibilidad de contrastar, pensaba que la responsabilidad pasiva de personas sin cargos ni pertenencia a grupos políticos, de cultura media, como podía ser mi padre, por ejemplo, gente dedicada sólo a su familia y su trabajo, era una responsabilidad si no forzada sí al menos adiestrada, lo que me lleva a ver su actitud con más tolerancia y ponderación.




También finalicé Campo cerrado, primera parte de El laberinto mágico de Max Aub. Tiene la agilidad de un guión cinematográfico, apenas hay narración, los personajes conversan mostrando sus dudas, sus ideas, en ocasiones confusas aunque aparentemente seguras, sus fluctuaciones en la pertenencia a una u otra facción; son personajes reales que se hacen tangibles y conocidos sin necesidad de ser descritos. Sólo me ha molestado en él la cantidad de vocabulario poco utilizado, quizás rebuscado, y lo siento porque me ha impedido disfrutar al completo de la novela.






21 de noviembre de 2009

De Kiev a Rumanía



Busteni, Transilvania, 8 de septiembre


Una zona de acampada como deberían tener las montañas en todo el mundo. También hay cerca un hotel y restaurantes. Así, bueno para todo el mundo, el que quiere la comodidad de un hotel y el que quiere encender su hoguera junto a su tienda. Un oso se acerca todas las tardes, cuando ya ha oscurecido, al contenedor que hay al otro lado de la carretera, frente a las tiendas de campaña. Es la atracción diaria; fotos, vídeos, todo a una distancia prudencial, claro está. Derriba el contenedor, come y se vuelve a internar en el bosque. No hay peligro, sólo la precaución de no acercarse demasiado y de no dejar comida en el exterior; parece más domesticado que los osos de Denali a los que había que ir avisando continuamente de nuestra presencia y con los que había que tomar medidas drásticas de protección. El cielo está encapotado, veremos cómo amanece, si hay paseo o no.



Salimos de Kiev dos días después del último escrito. Un día para pasear por la ciudad, ver la catedral de Santa Sofía y alguna otra cosa y otro para el museo de los pueblos de Ucrania: granjas, iglesias, casas de las diferentes regiones ucranianas. Bonito paseo pero poca diversidad en las construcciones.


En Uman pasamos el día en el parque de Sofía, un extenso y variado parque creado por un conde polaco para su enamorada a la que había comprado a su anterior marido que a su vez había pagado por ella a sus padres. La moza, a pesar de las atenciones jardineras del conde, se la jugó con el hijo de éste. Las hay desagradecidas.





Odesa me decepciona un poco. Foto obligada en las escalinatas de El acorazado Potenkin (por cierto que éste era un militar amante de Catalina la Grande), escaleras y más escaleras llenas de turistas; museo de pintura sin apenas nada que destacar, quizá Vladimir Makovsky, un pintor ucraniano de finales del XIX, con obras de carácter social y críticas con la actitud de la aristocracia ante el pueblo bajo; después, paseo por la ciudad, algo de música en la calle frente al teatro de la ópera y una rica comida como va siendo habitual en este viaje.






Vilkovo, se supone que “la Venecia ucraniana”, como la Venecia china y tantas otras que habrá por el mundo. Estrechos canales que llegan a la calle principal del pueblo, no más; comemos y nos vamos en dirección a la frontera.


Aventura: diluvia durante toda la noche y por la mañana no hay forma de salir del lugar que buscamos para dormir. Paciencia en cantidad, colocar ramaje bajo las ruedas, empujar, volver a las ramas, empujar de nuevo y así durante casi tres horas para menos de un kilómetro, acabamos con todas las ramas que había en los alrededores, incluso tuvimos que utilizar los aislantes que, deshechos, allí se quedaron sumergidos, y todo ello bajo la lluvia y enfangados hasta más arriba de los tobillos. Milagro que conseguimos llegar al asfalto. Después, respiramos, sonreímos, llenamos una bolsa de ropa y calzado lleno de barro y sin más novedad salimos de Ucrania. Unos kilómetros más allá, el despropósito del día: para entrar en Rumanía hay que cruzar un trocito mínimo de Moldavia, pues bien, más de dos horas en la aduana, con guardia chulito incluido (como en los mejores tiempos) y quince minutos en cruzar el país. Llueve y llueve y llueve.


Comemos en Galati, una ciudad industrial importante y pasamos un día en Bucarest, mezcla, batiburrillo casi, de edificios de estilos y épocas diversas, bloques de granito de la época de Ceaucescu o modernos rascacielos acristalados.


Esta mañana, intento de conversación con un paisano al que invitamos a un café y que hablaba por los codos como si nosotros domináramos el rumano desde siempre. Y aquí estamos, el cielo está encapotado, como decía pero de momento no llueve.






Kiev y el Museo de los Pueblos






Kiev, 30 de agosto



Paramos en un complejo que comprende un par de hoteles, un camping, un café en el que tardan hora y media en prepararnos unos trozos de pollo a la barbacoa y un recinto para un juego de guerra del que conocía la existencia pero no recuerdo el nombre. Un grupo de jóvenes vestidos de soldados, equipados con máscaras y armas se hacen la guerra dentro de un espacio protegido por redes que se asemeja a un campo de batalla con todo lo necesario para la campaña bélica. Resulta un tanto espeluznante ver estos juegos cuando acabo de terminar El miedo, de Gabriel Chevallier. Una novela autobiográfica que se desarrolla durante la primera guerra mundial y que relata en primera persona los sentimientos y sensaciones de un soldado durante los cuatro años del conflicto. El miedo es el protagonista. Echa por tierra todo atisbo de sentimientos heroicos o patrióticos y presenta como única emoción posible y real el miedo, el pánico y sus consecuencias.


A lado, una pareja austriaca está cenando. Al cabo de un tiempo ella se levanta y se dirige a la furgoneta aparcada algo más a la izquierda, entonces veo que la ropa tendida junto al vehículo de él es sólo de hombre y la de la mujer está tendida en otro lugar y me doy cuenta de que viajan cada uno por su cuenta y también de que hablan mucho y ríen, y recuerdo que mi amigo del alma, un día en el Café de los Austrias, distinguía las parejas estables de los amigos o amantes porque los primeros estaban más callados.


Este ambiente me resulta simpático, parece un camping para jubilados. Lleno de campers y furgonetas alemanas y austriacas cuyos habitantes sobrepasan los 60 años. Ahora están todos los austriacos juntos, una docena de personas, hablan y ríen. Un club de jubilados. Buena idea.








Museo de los Pueblos en Kiev













19 de noviembre de 2009

Ucrania. De los Cárpatos a Kiev



Cerca de Vorochka, en los Cárpatos, Ucrania, 25 de agosto



Año 2009, Europa, “mundo civilizado” ¿Qué coño hizo la Unión Soviética en este país durante tantos años para que la pobreza salte a la vista, las chozas alternen con las estaciones de ski utilizadas por algunos rusos y el nivel de concienciación ciudadana sea tal como para que la basura se amontone como si recorriéramos un país tercermundista africano? Basta con la pregunta, a veces nos agarramos en demasía a las ideologías y no vemos la realidad o la justificamos con la pura teoría.

























Cerca de Kiev, 29 de agosto


Además de mirar, una debe informarse (y viceversa). Me desdigo de lo escrito el día 25; fue la visión de una parte de los Cárpatos, después la cosa cambió. Ucrania es un país al que le queda tiempo para desarrollar las regiones menos favorecidas, hacer prosperar a los grupos sociales más humildes, jubilados por ejemplo, pero que parece marchar por un camino de progreso. Salvando la era Stalin, Ucrania, en tiempo de su pertenencia a la URSS, se industrializó y avanzó económicamente. Otra cosa era su derecho a la independencia perdido con el tratado de Versalles y el de Riga y no conseguido hasta la desaparición de la Unión Soviética. Tampoco los gobiernos post-independencia han sido una maravilla, la corrupción ha hecho sus estragos.


Hay detalles que agradan, como la tendencia a resolver los problemas prácticos más que la incitación al consumo, ejemplo: los apartados de las autovías o carreteras importantes centroeuropeas no han mejorado desde hace años con la excepción de aquellas en las que se encuentran cualquier establecimiento que produzca movimiento de dinero, en Ucrania (hasta ahora al menos) los apartados de la carretera tienen contenedor de basura, letrinas y un lugar elevado donde subir el vehículo y poder solucionar los problemas leves que pueda tener el coche o el camión.


Hay detalles que molestan, ejemplo: la cantidad de desperdicios que se encuentran por todas partes en cuanto nos salimos de la carretera, sean campos, caminos, bosques… y sin que la belleza mayor o menor del lugar influya en ello.



Subimos al monte Hoverla, el más alto de Ucrania y símbolo político: una vez al año el presidente Yushenko sube a su cima donde se encuentran un monumento y un aro en el que la gente ata pañuelos con inscripciones en honor a la Constitución ucraniana.



Kolomyya es una linda ciudad con un interesante museo sobre los utensilios, muebles, habitaciones, modo de vida de los hutlus, población originaria ucraniana.





Kamenec-Podolski tiene una parte antigua en la que destaca la fortaleza, rodeada por el cañón del río Smotrych.

Comemos magníficamente: calidad, presentación y atención. En general nos hemos chupado los dedos casi a diario desde que salimos de Madrid, pero aquí casi te evitas el tener que mirar el precio antes de decidirte por el restaurante.